memorias con apuntes de peregrino artista, versos, postales y retratos. Ocupan el departamento dos señoras. Al tenue claror que la lucecilla del techo difunde, sólo se logra averiguar que entrambas duermen: la una sentada a un extremo, con la cabeza envuelta en un abrigo que le oculta la cara; tendida la otra en sosegada postura bajo la caricia confortadora de un chal. Las dos permanecen ajenas al arribo del nuevo viajero; las dos yacen con igual reposo y oscilan con el tren, esfumadas en la penumbra del breve recinto, insensibles a la vida maquinal del convoy, como los inanimados contornos de los almohadones vacíos y los equipajes inertes. Distrae el caballero unos minutos en cambiar el hongo por la gorra, ceñirse una manta a las rodillas y limpiar los lentes con mucha pausa y pulcritud. Luego previene un cigarrillo, le coloca en los labios con esa petulancia habitual del fumador, y enciende una cerilla. Mas antes de dar lumbre a su tabaco, inclina curioso el busto hacia la dama, dormida enfrente, de la cual ya ha sorprendido un cándido perfil, rodeado de cabellos oscuros, en el fonje lecho de la almohada. Con más audaz resolución descubre ahora las hermosuras de aquel semblante serenísimo que duerme y sonríe. La llama tembladora del fósforo quema los dedos cómplices sin que el viajero artista deje de ver y de admirar: la tez morena clara, de suavísimo color; puras las facciones y graciosas; párpados grandes y tersos; orla riza y doble de pestañas que acentúan con apacible sombra el romántico livor de las ojeras; mejillas carnosas y rosadas; correcta la nariz y encendida la boca, y en las sienes un oleaje de cabellos negros desprendidos del peinado, que caen sobre las cejas y nimban la cara como una fuerte corona... Tales maravillas cuenta la temblorosa luz al extinguirse de un soplo, semejante a un suspiro, mientras el ocioso mirón falla en silencio:—¡Admirable!, ¡admirable!—Y se respalda en el sofá escudriñando con golosa mirada a la otra incógnita dormida. Inútilmente: la mantilla o toca que la cela el rostro, no ofrece el menor señuelo a las audacias del furtivo y galante explorador. El cual, entonces, se decide a encender su olvidado cigarrillo, y fuma con impaciente y nervioso afán, puestos los ojos y el corazón en el dulce misterio de aquella hermosa mujer... El tren correo salió de La Coruña a las nueve de la noche; aunque estas señoras procedan de la capital, ¿cómo a las diez y media se han rendido ya tan profundamente a la pesadumbre del sueño? Parece que vinieran de lejanos países, acosadas por la fatiga de muchas horas de insomnio... ¿Viajan las dos juntas?... ¿Las reune el acaso?... ¿Adónde van?... ¿Quiénes son?... —Madre e hija—sospecha el curioso, pensando que una moza tan gentil no anda bien sola por el mundo. Y saborea, con refinamiento exquisito, la emoción de hallarse de repente, en un recodo de su inquieto peregrinaje, al lado de una bella desconocida que, en la placidez de la más absoluta confianza, rueda con él por un camino oscuro. El peso voluptuoso de esta meditación inclina otra vez al viajero hacia la joven. —¿Soltera?... ¿Casada?...—murmura interiormente—. Soltera—concluye, adivinando en las facciones suaves la pureza de la virginidad bajo la gracia de la primera juventud—. ¡Si parece una niña!... La contemplación se hace tan próxima, tan impulsiva y profunda; brilla en los claros ojos varoniles un deseo de hurto, tan voraz, que la dama _lo siente_, mortificador, al través del sueño; suspira, se impacienta, parece que lucha con la imposibilidad de despertarse, y en voz chita, con enojo y con mimo,...
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Christopher Harris
5 months agoI was skeptical at first, but the emotional weight of the story is balanced perfectly. This story will stay with me.